martes, 2 de noviembre de 2010

¿Ciudadano de primera, segunda o tercera?

Mi abuela siempre afirma que no hay peor ciego que el que no quiere ver. ¡Urge un oculista para el municipio sanducero! O -tal vez- algún otro profesional que haga que nuestros gobernantes vean lo que, desde hace un tiempo, El Telégrafo bien está reflejando y denunciando. El problema del tránsito es grave. Flagelo que ataca –y mucho- a nuestros jóvenes.

Todos conocemos el diagnóstico. Sin dudas que la solución está en la educación y la toma de conciencia colectiva de que el cumplimiento de las normas de tránsito es fundamental. Debemos comprender que manejar responsablemente salva vidas. En este punto, es importante la tarea que viene realizando la Unidad Nacional de Seguridad Vial (UNASEV) en materia de educación. También debemos reconocer las diversas campañas que hacen los medios de comunicación y varias organizaciones no gubernamentales (ONG).

En todas estas acciones, la tarea que realizan los señores inspectores cumple un rol protagónico. Ello, porque de nada sirve el esfuerzo aplicado, si no existe una buena fiscalización, prevención y educación por parte de estos funcionarios municipales. Ellos son “la primera línea de fuego”.

Lamentablemente, en Paysandú esto no sucede, por cuanto no asistimos a una aplicación razonable de las normas. Tampoco se realizan tareas preventivas, ni educativas. Por el contrario, parecería existir una industria de generar y aplicar multas. Multas que, según se puede apreciar, no se aplican a todos los que infringen las normas de tránsito.

Pero, como soy joven –y por ende un poco ingenuo y con muchas cosas por entender- empecé a razonar para intentar comprender esta situación.

Así, como toda industria, la de la generación y aplicación de multas también debe ser rentable. Por lo tanto, es normal que se busque lograr la mayor eficiencia posible o, en otras palabras, la mayor ganancia utilizando la menor cantidad de recursos. Ganar sin arriesgar.

En este contexto, y en la hipótesis planteada, lo lógico es aplicarle multas a gente que, ya se sabe de antemano, afrontarán sus obligaciones. Aquéllas que permiten ganar sin perder (¿qué creen que se puede perder?). Es lógico, por el contrario, que no se sancione -o fiscalice- a los individuos que no van a pagar, sea por no contar con el dinero necesario o por tener poder (económico, político o, incluso, el que otorga las grandes masas).

Para comprender esto, les propongo ver dos realidades distintas.

Es bien conocido por todos lo que sucede en la Plaza Artigas y “el cantero”. Eso es zona “liberada”. Motos a alta velocidad, sin patente, ni luces reglamentarias. Motociclistas sin cascos protectores que, en algunos casos, conducen bebiendo alcohol. Motos con tres y cuatro ocupantes. Automovilistas que circulan velozmente, sin luces encendidas ni cinturones de seguridad colocados.

Al mismo tiempo, en Bulevar Artigas y Bolívar, una señora que transita en su motocicleta es multada. Su situación es distinta a la mencionada anteriormente: patente y seguro al día, luces en correcto funcionamiento, espejos retrovisores y llevaba una velocidad de 20 km horarios. Su error: viajar con su marido y su pequeño hijo de 5 años. Todos iban con casco protector, pero eso no es excusa.

Viendo estas realidades, y habiendo realizado el razonamiento correspondiente (que puede ser erróneo), me di cuenta que solo unos pocos ciudadanos sin privilegios son sancionados y –por ende- deben pagar sus multas. ¿Quiénes son estos ciudadanos? Los que trabajan y pagan sus impuestos. Aquellos que no hacen uso del poder (por no tenerlo o no querer utilizarlo). La señora está bien multada. Pero, ¿por qué ella sí y los otros no?

Me cuesta creer –y quiero no creerlo- que la Intendencia Municipal de Paysandú no tenga suficiente autoridad como para hacerse respetar y hacer cumplir todas las normas de tránsito, a todo el pueblo por igual, sin distinción. ¿No somos todos iguales ante la Ley?

Por un lado, se gastan importantes sumas de dinero -y tiempo- en campañas. Por el otro, se dan señales erróneas, malos ejemplos y se liberan zonas para que todos “hagan lo que quieran”. Así, los resultados del esfuerzo de la UNASEV, ONG y medios de comunicación, son efímeros.

Hasta que esta situación no cambie, se prevenga, eduque y seamos todos iguales ante la Ley, las muertes y lesiones graves seguirán ocurriendo (y algunos pocos pagando multas).

Por esto, a veces pienso que en el tránsito, y en lo que a cumplimiento y sanción se refiere, tal vez –y solo tal vez- en Paysandú tenemos ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda.

Aunque viendo la calidad del tránsito, las muertes y el daño generado a toda la sociedad, somos todos ciudadanos de tercera.

Dicen que el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Será que como no soy ni diablo, ni viejo, no entiendo qué es lo que pasa.

Señores gobernantes, ¿me lo pueden explicar?

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